
Los palomares que coronan el Barrocal son uno de los símbolos más reconocibles de Tamame. Construidos con planta cuadrada, formaron parte de la economía de subsistencia de muchas familias: las palomas eran un alimento muy apreciado y, además, los palomares servían como apoyo para la caza y la cría.


Desde lejos, las dos construcciones destacan sobre la roca como si fueran pequeñas torres vigilantes. No es casual: están levantadas en un cerro que cae casi a plomo por tres de sus lados, dejando solo un acceso cómodo por oriente. Esa forma tan singular hace que, vistos desde la distancia, recuerden a viejos torreones defensivos.


Al acercarse, se aprecia su estado frágil. Están desmochados y el paso del tiempo los tiene al límite, esperando que algún día llegue una restauración que frene su deterioro.

Y luego está la vista. Desde arriba, junto a los palomares, Tamame se abre entero en todas direcciones: el pueblo, las cortinas, los huertos y la llanura sayaguesa extendiéndose hasta donde alcanza la vista. Un lugar sencillo, pero con algo especial.