
Las antiguas escuelas son uno de esos lugares que todos en el pueblo reconocen al instante. El soportal, sostenido por tres columnas de granito y un pilar añadido más tarde, ha visto pasar generaciones enteras.

Originalmente era una única sala, pero con el tiempo se amplió y se dividió en dos, separando la clase de niños y la de niñas, como se hacía entonces en la escuela pública. Allí no había cursos como los de ahora: primero, segundo y tercero… y después, a enfrentarse al mundo.

Durante décadas, en la fachada se conservó el antiguo escudo de España, anterior a la República, con la corona y las flores de lis.

Las columnas del soportal, toscas y sólidas, muestran todavía las marcas del cincel del cantero.

En la parte posterior, algunas ventanas conservan las jambas de granito trabajadas a mano, con pequeños motivos decorativos que hablan de un edificio construido con mimo pese a su sencillez.

Hoy una de las aulas sigue cumpliendo servicio público como centro médico, mientras que la otra es el lugar de reunión del Club de Jubilados. Donde antes se aprendían las cuatro reglas, ahora se toman cartas, se conversa y se mantiene el pulso social del pueblo.
Para los vecinos de Tamame, las escuelas representan no solo un edificio, sino un patrimonio inmaterial lleno de historias, anécdotas y recuerdos de la infancia. Es el lugar donde muchos aprendieron a leer, escribir y calcular, pero también donde se forjaron amistades que perduran hasta hoy.
Aunque ya no resuenen las voces de los niños en sus aulas, el edificio de las escuelas sigue siendo un testigo silencioso de la importancia que la educación ha tenido siempre en la vida del pueblo.
