
Al final del pueblo, camino de las tierras, está el puente que cruza el arroyo de La Ribera. Quien haya vivido aquí o haya venido en invierno lo conoce bien: es uno de esos puntos que siempre han formado parte del paisaje, casi tanto como las cortinas y los berrocales.
Es un puente largo y muy particular, porque no está hecho todo a la vez. Tiene piezas de distintas épocas, y las más antiguas son medievales. Por eso sus pilares son tan diferentes unos de otros: unos más anchos, otros más finos, alguno con un tajamar en pico para cortar el agua cuando baja fuerte.

También llaman la atención sus ocho vanos:
uno con arco redondo, otro ojival (ese apuntado tan característico), y los demás adintelados.
Es un pequeño rompecabezas de piedra que ha ido creciendo como se hacían antes las cosas en los pueblos: cuando hacía falta y con lo que había.

Quien pasa por allí en verano ve un arroyo tranquilo, incluso seco a veces. Pero cuando La Ribera se enfada, se enfada.
En noviembre de 2021 el agua llegó a cubrir casi todo el puente, dejando solo la parte de arriba a la vista. Una imagen que muchos recordarán durante años.
Aun así, el puente sigue firme, manteniendo ese aire de cosa antigua que no presume, pero que siempre ha estado ahí, acompañando a quienes bajaban a regar, a por agua o a trabajar las tierras.